Paisaje desde el tren

Y luego os ponéis a mirar el paisaje; ya es día claro; ya una luz clara, limpia diáfana, llena la inmensa llanura amarillenta; la campiña se extiende a lo lejos en suaves ondulaciones de terrenos y oteros. De cuando en cuando, se divisan las paredes blancas, refulgentes, de una casa; se ve perderse a lo lejos, rectos, inacabables los caminos. Y una cruz tosca de piedra tal vez nos recuerde, en esta llanura solitaria, monótona, yerma, desesperante, el sitio de una muerte, de una tragedia. Y, lentamente, el tren arranca con un estrépito de hierros viejos. Y las estaciones van pasando, pasando; todo el paisaje que ahora vemos es igual que el paisaje pasado; todo el paisaje pasado es el mismo que el que contemplaremos dentro de un par de horas. Se perfilan en la lejanía radiante las lomas azules; acaso se columbra el chapitel negro de un campanario; una picaza revuela sobre los surcos rojizos o amarillentos; van lentas, lentas por el llano inmenso, las yuntas que arrastran el arado. Y de pronto surge, en la línea del horizonte, un molino que mueve locamente sus cuatro aspas. Y luego pasamos por Alcázar; otros molinos vetustos, épicos, giran y giran. Ya va entrando la tarde; el cansancio ha ganado ya nuestros miembros.

Azorín, La ruta de don Quijote

Fotografía https://leodelatorre.net/

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